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¿Qué son las creencias y cómo se forman? Son las ideas que damos por ciertas sin haberlas comprobado, y entender cómo se crean te explica por qué repites los mismos pensamientos, sientes lo que sientes y reaccionas casi siempre igual. ¿Alguna vez te has preguntado por qué crees lo que crees? Si te has sentido atrapado en una realidad que no va con tus gustos y preferencias, o bloqueado por tus propias ideas, esta entrada es para ti. Verás cómo nace una creencia, cómo influye en lo que haces y qué puedes hacer con las que ya no te sirven.

Actualizado el 6 de octubre de 2026.

¿Qué son las creencias?

La RAE define la creencia como el firme asentimiento y conformidad con algo, y el verbo creer como tener algo por cierto sin que esté comprobado. Fíjate en esa última palabra: una creencia no necesita pruebas para sentirse verdadera. En filosofía de la mente se estudia como una actitud mental hacia una afirmación que damos por verdadera, aunque en ese momento no estemos pensando en ella.

Por eso tantas creencias pasan inadvertidas: las usas, pero no las ves. Piensa en frases como «los jóvenes de hoy no quieren esforzarse», «los jefes solo piensan en el dinero» o «las cosas buenas llegan a quien espera». Quien las dice casi nunca las ha comprobado. Las ha oído tantas veces que ya forman parte de su manera de mirar a la gente y a la vida.

¿Cuántas de estas ideas has repetido tú sin pararte a pensarlo? No es una pregunta para sentirte mal. Es el punto de partida de todo lo que sigue: si las creencias se forman, también se pueden revisar.

Definición breve: qué es una creencia

Una creencia es una idea que damos por cierta aunque no la hayamos comprobado. Puede hablar de ti («soy torpe para los números»), de los demás («nadie ayuda gratis») o del mundo («el esfuerzo siempre se premia»). Se aprende, se repite y, con el tiempo, se vive como si fuera un hecho.

  • Se forman con la experiencia: lo que nos pasó, lo que vimos y lo que nos dijeron.
  • Funcionan casi sin darnos cuenta: decides y reaccionas desde ellas sin pensarlas.
  • Se pueden revisar: una creencia no es un destino, es una hipótesis que puedes poner a prueba.

Y no es lo mismo que una opinión o un conocimiento. Una opinión la sueltas en una conversación y la cambias si alguien te da un buen argumento. Un conocimiento lo has contrastado con hechos. La creencia queda a medio camino: la vives como una verdad, pero no recuerdas haberla comprobado. «Los lunes son horribles» suena a opinión, hasta que notas que organizas tu semana como si fuera una ley.

Cómo se escribe «creencias»

Se escribe creencia, con «c» y con doble «e», y su plural es creencias. Viene del verbo creer. Es frecuente ver la errata «crencias» (y otras como «creensias» o «creyencias»); la forma correcta lleva «ee» y termina en «-cia».

Para qué sirven las creencias

No son un defecto de fábrica. Una creencia es un atajo: te permite decidir sin empezar de cero cada mañana. Si cada día tuvieras que comprobar que el fuego quema, no harías nada más. El problema aparece cuando el atajo se queda viejo. Una idea que te protegía a los diez años puede frenarte a los cuarenta, y tú sigues obedeciéndola porque ni siquiera sabes que está ahí.

Toda causa tiene un efecto: así se crean las creencias

Una forma sencilla de mirar el mundo es el modelo de causa y efecto, que también se conoce como ley de la consecuencia, retribución o compensación. Pisas el freno (causa) y el coche, carro o auto se detiene (efecto). Con las máquinas, y tras unas cuantas pruebas, casi siempre sabemos qué efecto producirá cada causa. Cuando un problema tiene varias causas a la vez, los diagramas de Ishikawa (o de espina de pescado) ayudan a ordenarlas en un solo dibujo.

Diagrama de espina de pez con cuatro causas que apuntan a un efecto

Modelo Causa Efecto para comenzar a comprender cómo se crean las creencias

De las máquinas a las personas

Con las personas el modelo se queda corto. La misma causa no produce siempre el mismo efecto, porque cada uno la interpreta con lo que ya cree. Lo notas sobre todo en las relaciones tóxicas, donde un comentario o un silencio se leen de maneras opuestas según las ideas que cada uno lleva puestas.

Por eso necesitamos un modelo psicológico de causa y efecto. Lo desarrollé en Autocoaching en la práctica (2011), partiendo de una idea que aprendí estudiando ingeniería: dibujar los problemas ayuda a entenderlos. Aquí te cuento la versión corta.

El entorno afecta al origen de nuestras creencias

¿Cómo se crean las creencias a lo largo de una vida? En la figura se ve que el entorno y los valores están entre las primeras causas de cómo actuamos. El mundo exterior lo forman tres cosas: la formación, que nos da una manera de pensar; los estímulos, que matizan lo que sentimos; y las circunstancias, que nos empujan a actuar de un modo u otro.

A eso se suma que nos fijamos en los demás. La psicología social lleva décadas estudiando cómo imitamos la conducta de los modelos que tenemos delante. Si en tu casa se hablaba del dinero con miedo, es probable que hayas copiado ese miedo sin que nadie te lo enseñara con palabras.

Diagrama con tres bloques: entorno, valores y experiencias, unidos por flechas que desembocan en las creencias

Modelo para entender cómo se forman las creencias

Los valores afectan a nuestras creencias

En el mundo interior están los valores (¿qué valores tengo?), que dan forma a cómo pensamos, sentimos y actuamos. De ahí salen ideas, sentimientos y acciones, y cada acción es una experiencia nueva. Con el tiempo esas experiencias se convierten en conclusiones sobre cómo es el mundo.

Siempre serán conclusiones desde tu perspectiva. Dos personas que viven lo mismo pueden quedarse con creencias distintas, porque sus valores filtran lo que ven. A una le importa la seguridad y concluye que «hay que desconfiar». A la otra le importa la cercanía y concluye que «casi todo el mundo quiere ayudar».

Cómo se forman las creencias paso a paso

Ninguna creencia aparece de golpe. Casi todas siguen un recorrido parecido, y conocerlo es el primer paso para entender cómo se crean las tuyas.

Primero, una experiencia que te marca

Algo te ocurre una vez: un examen suspendido, un elogio delante de todos, una pelea con un amigo. Sacas una conclusión rápida («no valgo para esto», «si me esfuerzo, me reconocen»). La mente generaliza con muy pocos datos, porque le sale más barato que seguir dudando. Una sola escena basta para que la idea se instale.

Después, lo que ves en los demás

Observamos qué hacen y qué dicen la familia, los amigos y los medios, y de ahí deducimos lo que es normal. Esta vía no pasa por tu experiencia, pero pesa igual. Si todos tus compañeros de trabajo creen que el jefe nunca escucha, es difícil que tú lo pruebes por tu cuenta.

La infancia deja huella

Aaron Beck propuso que las creencias dañinas sobre uno mismo se forman sobre todo en la infancia, con experiencias dolorosas con otras personas, y que se activan más tarde ante situaciones de estrés. Lo recoge este estudio con adultos. Es un modelo, no una sentencia: explica de dónde pueden venir ciertas ideas, no que tu pasado decida lo que vas a pensar el resto de la vida.

La repetición y la emoción la fijan

Lo que se repite, se queda. Y lo que se vive con intensidad, se queda antes. Una frase dicha una vez, en tono tranquilo, se olvida. La misma frase dicha a gritos, o repetida cada domingo en la comida familiar, acaba pareciendo un hecho. Más abajo verás que la repetición tiene un efecto medible sobre lo que damos por cierto.

La confirmación la mantiene

Una vez formada, la creencia filtra lo que vemos: damos más peso a lo que la confirma y menos a lo que la contradice. Es el sesgo de confirmación. Quien cree que «los demás no me tienen en cuenta» recordará la reunión en la que nadie le preguntó y olvidará las tres en las que sí le escucharon.

Un ejemplo completo, de principio a fin

Imagina a una niña a la que, en clase de lengua, una compañera se ríe cuando lee en voz alta (experiencia). En casa nadie le da importancia, pero tampoco la anima a repetirlo (observación). Esa noche se siente fatal (emoción) y concluye: «leer delante de otros no es lo mío». Durante años evita leer en público, y cada vez que lo evita se confirma que no podía. Veinte años después, cuando le piden presentar un proyecto, siente un nudo en el estómago y no sabe por qué. Nadie se acuerda de aquella clase. La creencia, en cambio, sigue trabajando.

De dónde vienen: familia, cultura, medios y emociones

Si quieres saber cuál es el origen de las creencias, mira primero a tu alrededor. Casi todas llegan de cuatro fuentes que se mezclan entre sí.

La familia y la educación

En casa aprendes qué se espera de ti. Frases como «el dinero no crece en los árboles» o «hay que ser fuerte» se oyen tantas veces que no suenan a opinión, suenan a manual de instrucciones. Más tarde, la escuela añade las suyas: quién es «bueno» en matemáticas y quién «no tiene cabeza» para ellas.

La cultura, la sociedad y los medios

El lugar donde naces te regala creencias antes de que puedas elegir. Qué es una familia, cuándo hay que casarse, qué es tener éxito. Tampoco son verdades universales: cambian de un país a otro, de una generación a la siguiente y a veces de un barrio a otro. Un modo fácil de verlas es viajar o hablar con alguien que se crio en otro sitio.

Los medios y las redes hacen lo mismo a diario. Lo que ves cada día educa tu mirada. Las noticias hablan de lo que va mal, las redes enseñan vidas editadas, y de ahí sacas conclusiones sobre cómo es el mundo y cómo les va a los demás. Si solo ves vacaciones perfectas, es fácil acabar creyendo que a todos les va mejor que a ti.

Las emociones: pensar y sentir van juntos

Buena parte de lo que pensamos está influido por lo que sentimos. A veces las emociones pesan más que los argumentos, aunque no se imponen siempre. No me interesa aquí el debate de qué va primero, si el pensamiento o el sentimiento. Lo útil es esto: pensar, sentir y actuar forman un todo, y una creencia se agarra a los tres a la vez.

Cómo influyen las creencias en tu vida

Una creencia no se queda en la cabeza. Se nota en lo que sientes, en lo que decides y hasta en cómo te trata la gente.

En lo que sientes y decides

Quien cree que hablar en público es peligroso sentirá nervios antes de abrir la boca, rechazará invitaciones y se perderá oportunidades que nunca sabrá que existían. Quien cree que equivocarse forma parte de aprender, en cambio, probará más cosas. La situación es la misma, pero la creencia cambia la emoción, la emoción cambia la decisión y la decisión cambia lo que te pasa después.

En cómo tratas a los demás

Lo que esperas de los demás cambia cómo los tratas. Es la llamada profecía autocumplida o efecto Pigmalión. Una revisión de 35 años de investigación concluye que ocurre en las aulas, pero que sus efectos suelen ser pequeños. Por eso conviene decir que las creencias influyen en tu realidad, no que la crean sin más.

En tu cuerpo y en tu salud

Hay un experimento muy citado con camareras de piso de hoteles. A un grupo se le explicó que su trabajo ya cumplía las recomendaciones de ejercicio físico; al otro, no. Aunque su conducta no cambió, cuatro semanas después el primer grupo se veía más activo y, según el estudio de Crum y Langer con 84 mujeres, mostró descensos de peso y de tensión arterial respecto al grupo de control. Los autores lo interpretan como un efecto placebo. Es una muestra pequeña, pero ilustra algo importante: lo que crees sobre tu esfuerzo puede cambiar cómo lo vive tu cuerpo.

En el miedo y la resistencia al cambio

El miedo y la resistencia al cambio nacen muchas veces de dentro y son un obstáculo enorme para sentirte a gusto con tu vida. Conviene separar el miedo físico, que nos protege (más vale no jugar con los precipicios), de los miedos que se apoyan en creencias que nadie ha comprobado: «si cambio de trabajo, me arrepentiré», «si digo lo que pienso, me rechazarán». Con estos segundos sí se puede trabajar, y para eso sirven algunas herramientas de coaching sencillas. Lo primero, en cualquier caso, es ponerles nombre: un miedo con nombre ya no es una niebla.

Qué dice la investigación sobre creencias y resultados

Creer algo no cambia la realidad por sí solo, pero sí cambia cómo actúas, y eso modifica los resultados. La revisión de Maier y Seligman sobre la indefensión aprendida, basada en experimentos con animales, indica que haber vivido experiencias de control cambia la expectativa de poder influir en lo que ocurre después. Sirve como recordatorio: si te acostumbras a no poder, acabas esperando no poder.

Por qué las creencias se hacen fuertes

Una creencia no solo se forma: también se defiende. Hay tres mecanismos que la refuerzan sin que lo notes.

Lo que se repite parece cierto

Un experimento mostró que repetir una afirmación hace que parezca más verdadera, incluso en personas que conocían la respuesta correcta: el efecto de verdad ilusoria. Un metaanálisis posterior de 182 estudios y más de 31.000 participantes sitúa ese efecto como pequeño pero real, y subraya la importancia de la primera exposición. Dicho en cristiano: lo que oyes mucho, sin darte cuenta, se va pareciendo a lo que sabes.

Aprendemos distinto de lo bueno y de lo malo

No actualizamos las creencias por igual. La investigación sobre cómo formamos creencias muestra que aprendemos de forma distinta de las noticias buenas y de las malas, y que sobre nosotros mismos tendemos al optimismo. Ten en cuenta que esto tiene dos caras. Ayuda a no hundirte, pero también te permite ignorar avisos que sí merecía la pena escuchar.

«Ya te lo dije»: acertar sabe bien

El mundo se vuelve predecible cuando se confirma nuestra forma de interpretarlo, y eso resulta tranquilizador. Por eso la frase «ya te lo dije» sabe tan bien. No es que quisiéramos que saliera mal; es que nuestra creencia queda confirmada. A veces incluso nos recreamos en el desastre con tal de haberlo predicho. Cuando te pille diciéndola, pregúntate qué creencia acabas de proteger.

Ejemplos de creencias en la vida diaria

Algunas creencias ayudan y otras frenan. «Si me esfuerzo, mejoro» te anima a practicar; «yo no sirvo para hablar en público» te hace rechazar la invitación. Son ejemplos de creencias sobre ti. También las hay sobre el trabajo, el dinero, las relaciones o la felicidad. Para ver ejemplos de creencias por tipos y por áreas de la vida, entra en la guía de tipos de creencias con ejemplos.

Cómo cambiar nuestras creencias

Muchas veces generamos creencias que nos mueven a actuar sin sentido, y se ve mucho en las personas que se creen superiores. Un caso muy claro es el del tabaco: muchos adolescentes empiezan a fumar a temprana edad, no tanto porque les guste como porque creen que fumar los acerca a su grupo y los hace parecer mayores. Los informes sanitarios de EE. UU. recogen que quienes asocian el tabaco con integración, independencia o madurez tienen más probabilidades de empezar, y que muchos jóvenes sobrestiman cuánta gente fuma.

Esa creencia se hace fuerte y se mantiene años después, aunque la persona sepa que no le conviene. Para cambiar una creencia, primero hay que saber cómo se generó y si tiene sentido desde tu perspectiva actual. Incluso las creencias bonitas fallan a veces. «Con esfuerzo y perseverancia podrás alcanzar tus metas» es verdad a medias, porque hay factores externos y el propio tiempo que se interponen. La pandemia fue una lección para muchas personas en este sentido.

Cambiar una creencia es un proceso con pasos concretos. Estos son los que mejor funcionan en autocoaching.

Detecta la creencia y ponla por escrito

No puedes cambiar lo que no ves. Fíjate en las frases que empiezan con «siempre», «nunca», «todos» o «tengo que». Anótalas tal como las piensas, sin suavizarlas: «nadie me valora», «ya no estoy para esto». Escrita, una creencia pierde parte de su poder, porque deja de ser un fondo de ruido y se convierte en una frase que puedes mirar. Un buen truco: cuando notes un malestar sin motivo claro, pregúntate qué te estás diciendo en ese momento.

Después, averigua de dónde viene. Pregúntate cuándo la aprendiste y quién la decía. A menudo te das cuenta de que viene de una época, de una persona o de una situación que ya no existe. Entonces la pregunta cambia: ya no es «¿es verdad?», sino «¿me sirve hoy?». Hazte también una pregunta incómoda: ¿qué gano creyéndolo? A veces una creencia limitante nos protege de algo, por ejemplo de intentarlo y fallar, y por eso cuesta tanto soltarla.

Contrástala con hechos

Busca excepciones: momentos en los que la creencia no se cumplió. Si piensas que «nunca me sale nada bien», haz una lista de tres cosas que te salieron bien este mes. Cuidado con el sesgo de confirmación, porque tu mente querrá descartarlas como casualidades. Pide a alguien de confianza que te dé su versión.

Prueba una acción distinta, pequeña y concreta

Entender una creencia no basta. Nuestro sistema nervioso tiende a repetir lo habitual, así que hay que entrenar los nuevos hábitos como se entrenan los músculos. Elige una acción pequeña que esta semana contradiga la creencia, hazla y anota qué pasó. Los resultados reales, aunque sean modestos, te dan datos nuevos.

Cuando una emoción te ata

Hay creencias pegadas a una emoción fuerte. Pasa, por ejemplo, con quien está convencido de ser «la persona ideal» para su pareja y no acepta que la relación ha terminado. La cabeza entiende, pero el corazón no suelta. Algunas señales: duermes mal, no dejas de darle vueltas y no te permites empezar cosas nuevas. Soltar así cuesta más que dejar un alimento que te sienta mal, porque en lo emocional nos han enseñado menos. Si no avanzas, pide ayuda a alguien de confianza o a un profesional. No es una derrota.

Las creencias cambian y realimentan nuestro modelo

El modelo que hemos visto es una simplificación a propósito. En la vida real las creencias vuelven a la caja: lo que crees cambia lo que piensas, sientes y haces, y eso genera experiencias nuevas que confirman o corrigen la creencia. Por eso reflexionar sobre ellas es importante, porque nos predisponen en nuestros actos. Un ejemplo corriente es el de quien cree que es una persona agradable. Se acerca a la gente con naturalidad, le responden bien y la creencia sale reforzada.

Aquí hay una buena noticia. Si las creencias se alimentan de lo que haces, cambiar lo que haces cambia lo que crees. También hay una advertencia: las reglas de nuestra vida las sentimos como propiedades, y nadie quiere perder algo en lo que invirtió años. Por eso es más exacto hablar de superar o dejar atrás una creencia que de perderla.

Un ejercicio de diez minutos

En mis libros propongo una herramienta sencilla que puedes hacer hoy con papel y bolígrafo.

  1. Elige un área de tu vida que ahora mismo te preocupe: el trabajo, la pareja, el dinero.
  2. Escribe todo lo que piensas, sientes y haces en ella, sin censura.
  3. Subraya las frases que suenan a regla («tengo que», «nunca puedo», «la gente siempre»). Esas son tus creencias.
  4. Clasifícalas en dos columnas: las que te impulsan y las que te frenan.
  5. Para cada una de las que te frenan, escribe una versión más ajustada a los hechos y un pequeño paso para probarla.

Verás que no hace falta revisarlas todas a la vez. Con una o dos al mes ya notas el cambio.

Aprende a gestionar tus creencias

Si quieres estar bien, empieza por entender cómo funcionan tus creencias y cómo te afectan. Solo así podrás cambiarlas y enfocarte en lo que de verdad importa, que es tu bienestar. Para ver cómo encajan en una idea más amplia, lee qué es la felicidad y cómo gestionarla. Y para clasificar las que ya has detectado, conviene conocer cuáles son los tipos de creencias.

Preguntas frecuentes sobre las creencias

¿Qué es una creencia en pocas palabras?

Es una idea que consideras verdadera, la hayas comprobado o no. Puede referirse a ti, a los demás o al mundo, y orienta tus decisiones aunque no pienses en ella.

¿Cómo se forman las creencias?

Se forman con experiencias directas, con lo que observas en otros y con lo que se repite en tu entorno. Después se refuerzan solas, porque tendemos a fijarnos en lo que las confirma.

¿Cuál es el origen de las creencias?

Casi siempre están en la familia, la educación, la cultura y los medios, sobre todo en los primeros años. También nacen de tus propias experiencias, buenas y malas, y de las emociones que las acompañaron.

¿Qué diferencia hay entre creencia y opinión?

Una opinión se expresa y se puede cambiar con facilidad; una creencia está más arraigada, se vive como una verdad y orienta decisiones sin que lo notes. Si cambias de opinión sin esfuerzo, era una opinión. Si cuesta y te incomoda, probablemente toca una creencia.

¿Cuáles son las creencias más comunes?

Las que oyes a diario: «querer es poder», «el dinero no da la felicidad» o «hay que ser fuerte». Cada persona tiene las suyas, así que más que una lista cerrada conviene mirar las propias.

¿Se pueden cambiar las creencias?

Sí, aunque cuesta y rara vez es inmediato. El primer paso es detectarlas; el segundo, ponerlas a prueba con hechos y con pequeñas acciones distintas.

¿Cuántos tipos de creencias hay?

Las más útiles para empezar son las potenciadoras, que te impulsan, y las limitadoras, que te frenan. También se clasifican por su contenido y por su profundidad.

Para entender mejor tus creencias, mira cuáles sostienen tu rueda de la vida

Seguro que te gusta hacer las ruedas de la vida y trazar el mapa de tu vida:

 


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